Título Original: Opus
Autora: Spessartine
Pareja: Sirius/Regulus
Opus
i. Paganini: Capricho No. 16 en G menor
—Toca para mí— dice Sirius. La luz cetrina entra intermitentemente a través de las gruesas cortinas oscuras y desparrama siluetas de hojas sobre todo, entremezclándose con el humo enrollándose alrededor de sí mismo.
Regulus, con su pelo extrañamente suelto como una mancha oscura en su cuello, sus ojos volviéndose vidriosos; su lenta risa se desparrama como el chocolate fundido y la tarde se acomoda alrededor de ambos. La casa está vacía salvo por ellos, lo ha estado durante semanas. Sirius se deja caer de nuevo sobre la aterciopelado cortina y encienda la pipa. Y si se tocan – si se tocan por accidente (las puntas de los dedos de Sirius contra el brazo de Regulus) es porque el opio ha tornado sus cuerpos pesados y cálidos y los ha dejado envueltos en una calmada satisfacción ilusoria.
En alguna parte, agua gotea. Las huellas de sus manos están en el polvo que cubra toda superficie. Que los elfos domésticos los han abandonado es testimonio del trato de Sirius para con ellos. En el pasillo hay un huella pequeñita y sangrienta que nadie se ha molestado en limpiar.
Están en el comedor y Sirius descansa medio sentado junto a la ventana, tirado sobre cojines apilados y una cortina de terciopelo que accidentalmente destrozó hace una semana. A su camiseta le falta una manga y tiene una quemadura sobre su corazón, de la cual presume mucho, diciendo que sucedió en un duelo, aunque Regulus sabe que se le cayó la varita hace tres días y no puede recordarlo.
Afuera en el viñedo que rodea el enrejado de la veranda dos urracas saltan de rama en rama: negro, blanco, perfecto sobre el verde. Los dedos se Sirius trazan un camino por una de las costillas de Regulus. Su cabeza ladea sobre el hombre desnudo de Regulus. Regulus no recuerda haberse quitado la camisa, ha estado vagueando por la casa con solo sus pantalones por Merlín sabe cuánto tiempo… pero no importa.
—Venga—repite Sirius. —Toca para mi—Este año Sirius finalmente se está acomodando con su cuerpo: hombros, pecho, los músculos en sus brazos. Su cinturón de cuero cruje cuando se echa hacia delante para coger la botella de vino entre ellos. Al voltear la botella y tragar, una, dos veces, el líquido hace un sonido redondo y satisfecho.
Regulus se desembaraza de la cabeza despeinada en su hombro y se cruza de piernas. —No puedo—responde.
—¿Por qué?— pregunta Sirius, sus oscuras cejas pintado una mueca de desconcierto en su cara. —¿Por qué no? Lo solías hacer. Siempre lo solías hacer.
Hay un silencio mientras Regulus se queda mirando fijamente a su hermano: confuso o molesto, Sirius no lo puede discernir. Entonces sonríe y dice —No puedo sentir mis dedos.
Cuando Sirius se ríe es como rodar por una pendiente; inevitable como la gravedad, lento pero rápido al coger velocidad. Regulus se encuentra con que él también está riendo, aunque los sonidos , cuando lo alcanzan se ralentizan para convertirse en los espeluznantes bramidos que hace un animal adolorido.
Finalmente Sirius se pone de pie de un salto y sale por la puerta. Regulus lo puede oír dando vueltas por el piso sobre el comedor, sus pasos pesados e irregulares. Suena un golpe, una cadena de maldiciones y entonces Sirius baja estrepitosamente por las escaleras de nuevo.
Su mano es cálida alrededor de los dedos de Regulus cuando tira de su hermano hacia arriba. —Venga— repite, —No tienes ni una puta excusa ahora.
El estuche del violín con sus arañazos y cubiertas brillantes se halla sobre la mesa. Los dedos de Regulus recuerdan el resto.
El seco respingo del cierre abriéndose, ese aroma a resina; la suavidad del cartón y el fieltro verde que acurruca el cuerpo de madera del violín. Hay un ritual en ello: el ajustar del arco, probando su rigidez contra la palma de su mano; la resina envuelta en papel restregada contra el pelo de caballo tensado con suavidad- resina en polvo, redolente con el aroma de calor y incienso, cae como lluvia sobre la mesa lustrada y polvorosa.
Entonces saca el violín. Es viejo y valioso. Un Stradivarius que ha estado en la familia por siglos, casi. La madera es de color miel y fría. Siente como si sostuviera un animal en sus manos, silencioso pero vibrando con potencial, todo energía nerviosa. Pone el pañuelo de seda en su hombro, aunque el contacto con la barbada es aún sorprendentemente helado. Se calentará, sin embargo. Esto lo sabe.
Toca cada cuerda con el dedo, probando sus tonos, hechizados para mantenerse afinados. Entonces coge el arco (los dedos colocados justamente así – ni doblados ni rectos, pero agarrándose a él sin apretar, su dedo meñique apoyado contra la base como balance).
Sus dedos hallan su lugar en el diapasón de ébano. El arco se detiene a milímetros de las cuerdas. Cierra los ojos.
Entonces, comienza a tocar.
Las notas se hinchan; sus temblorosos cresecendos reverberan a través de él. Arpegios rotos costean su cuerpo, deslizándose sobre su piel. Está tan tenso como el arco y tan rígido como las cuerdas enroscadas alrededor de las clavijas. Se abre con la música y es consumido en sonido.
Es una pieza corta, se acaba en un minuto y medio: noventa segundos de semitonos desdibujados que saltan de cuerda en cuerda, su muñeca guiando con el arco. Respira por la nariz con cada golpe hacia abajo. Su pelo cae sobre su frente y se mueve titilante con cada movimiento. Gotas de sudor se forman en su labio superior, y sus cejas se juntan. El arco raspa con fuerza contra las cuerdas vibrantes, la música haciendo piruetas desde registros altos a bajos y subiendo otra vez.
Entonces… entonces esas dos notas finales que se expanden sobre dos cuerdas y cuelgan en el aire cuando se detiene, el arco levantado, soltando cabellos partidos.
Regulus aspira aire bruscamente, lame el sudor de sus labios. Cuando abre los ojos, Sirius está de pie junto a él; silencioso, con los ojos abiertos de par en par, respirando rápido y fuerte. Los dedos sueltos alrededor del cuello del violín, Regulus lentamente baja el instrumento y deja que cuelgue a su lado. El pañuelo de seda se desliza por su pecho y cae al suelo. Con cuidado deja el arco sobre la mesa con un ruido seco.
Sirius lo observa acomodarse el cabello. Regulus puede ver el pecho de su hermano subiendo y bajando bajo su camiseta vieja, ver los músculos en su cara tensarse. Entonces Sirius baja los ojos y se marcha de la habitación. La puerta cruje detrás de él, pero no se cierra del todo.
Regulus no se mueve. Tiene frío de repente.
[1, 2]